Nigel Rodgers y Mel Thompson:
Locura filosofal.
Barcelona, Editorial Melusina, 2006, 286 pps
Locura filosofal.
Barcelona, Editorial Melusina, 2006, 286 pps
Hubo un tiempo en que el imaginario colectivo representaba al “loco” encarnando de forma circunspecta el papel de Napoleón. Con la mano enfundada en el pecho se lo veía deambular por los pasillos del psiquiátrico. Este tópico ya casi olvidado encierra una verdad histórica, pasada a veces por alto: la de que fue el propio Bonaparte quien, en un arrebato de cartesianismo, sostuvo ser Napoleón en persona. Y es que no hay peor demencia que la de creerse uno mismo, chifladura extrema que hasta el dios de los cristianos reprime y evita cuando postula la trinidad… Nietzsche, que supo introducir la distancia y la diferencia en el ser, en el corazón de lo Mismo, erró su doctrina ética del eterno retorno al reclamar una acción sin grietas ni perezas para un querer infinito. Puede parecer un despropósito, pero existe una conexión entre la insania del Übermensch, que no se permite la mínima duda en la realización de la praxis, y la indubitable
verdad teórica del cogito con la que se abre la modernidad. No es una casualidad que las perturbaciones filosóficas que Rodgers y Thompson nos presentan sean todas post-cartesianas.
Puede que la insensatez común que une a estos ocho filósofos, la piedra filosofal que los conecta,
sea precisamente la de haberse identificado extremadamente con su pensamiento. Nietzsche creyendo que es Zarathustra… Rousseau, el Emilio… Schopenhauer, enredado en el velo de Maya… Wittgenstein, contemplándose como si fuera un Silogismo viviente… Heidegger, suponiéndose un nazi… Sartre, asumiendo su Mala Fe… Foucault, haciéndose el Loco… y Russell, el Filósofo… No es lugar para preguntarse si la vida es un reflejo de la teoría, o viceversa, esto es, de saber si nuestras ideas son justificaciones a toro pasado de nuestras acciones. Controversias de ese tipo siempre abundarán, por desgracia. Lo que se trata de pensar (y Rodgers y Thompson se acercan) es el peligro de que cuerpo y pensamiento anden al mismo ritmo, con la misma voz cantante, sin diferencia alguna de tonalidad. Sloterdijk ha recordado hace poco en La domesticación del ser que la postmodernidad se abre como el fin de las actitudes extremas, como el reinado de la mediocritas, del término medio. Un filósofo que no comete excesos es como un joven que no hace locuras. O al revés. Por eso Aristóteles es tan aburrido… Los autores de Locura filosofal nos muestran sin duda un abanico de pura modernidad, un barco de filósofos excéntricos, divertidos pero peligrosos para los que se encuentran cerca (¿regañaríamos a la zarza por pinchar al niño que se aproxima demasiado, o al fuego por quemar?), aunque cabe preguntarse si a veces, durante el fragor del relato, cuando Rodgers y Thompson afilan sus lápices, no se colocan del lado de cierto puritanismo, peregrinando en la estela de Bunyan. Todos cometemos excesos…
sea precisamente la de haberse identificado extremadamente con su pensamiento. Nietzsche creyendo que es Zarathustra… Rousseau, el Emilio… Schopenhauer, enredado en el velo de Maya… Wittgenstein, contemplándose como si fuera un Silogismo viviente… Heidegger, suponiéndose un nazi… Sartre, asumiendo su Mala Fe… Foucault, haciéndose el Loco… y Russell, el Filósofo… No es lugar para preguntarse si la vida es un reflejo de la teoría, o viceversa, esto es, de saber si nuestras ideas son justificaciones a toro pasado de nuestras acciones. Controversias de ese tipo siempre abundarán, por desgracia. Lo que se trata de pensar (y Rodgers y Thompson se acercan) es el peligro de que cuerpo y pensamiento anden al mismo ritmo, con la misma voz cantante, sin diferencia alguna de tonalidad. Sloterdijk ha recordado hace poco en La domesticación del ser que la postmodernidad se abre como el fin de las actitudes extremas, como el reinado de la mediocritas, del término medio. Un filósofo que no comete excesos es como un joven que no hace locuras. O al revés. Por eso Aristóteles es tan aburrido… Los autores de Locura filosofal nos muestran sin duda un abanico de pura modernidad, un barco de filósofos excéntricos, divertidos pero peligrosos para los que se encuentran cerca (¿regañaríamos a la zarza por pinchar al niño que se aproxima demasiado, o al fuego por quemar?), aunque cabe preguntarse si a veces, durante el fragor del relato, cuando Rodgers y Thompson afilan sus lápices, no se colocan del lado de cierto puritanismo, peregrinando en la estela de Bunyan. Todos cometemos excesos…
En tiempos en el que el mundo del pensamiento se parcela en sectas estancas, siempre aseguradas por el pladur de los despachos y por la apropiación de “su filósofo” particular; en épocas en que los acólitos se convierten en secuaces con la capacidad de segar algún que otro cuello discrepante, siempre es reconfortante comprobar que la extravagante Melusina continúa con el sabio, loco y desternillante proyecto que comenzó con el Contra Debord hace ya unos años: el de infiltrar una gran carcajada en el mundo filosófico desquiciando a los que se lo creen a pies juntillas…
Julio Díaz Galán

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